jueves, 7 de septiembre de 2017

La Pedrera

[Miércoles 19.7.17 • vuelo Liverpool - Dublín]



Me estoy riendo sola, y se preguntarán por qué esta entrada se llama 'La Pedrera' si estoy a miles de kilómetros de Rocha. Pero salvando las distancias (y algunas otras cosas) Grecia fue algo así como ir a La Pedrera (sobre todo la estadía en Ios). Todos dicen que Grecia son las vacaciones del viaje (y más de uno pensará que somos unos caraduras por decir eso cuando pasamos alrededor de 6 meses vagando por el mundo -un poco de razón tienen-) pero la verdad, la verdad, que con el diario del lunes, les puedo decir que Grecia son las vacaciones del viaje. No sólo porque hacemos playa y salimos de noche, sino porque todo en Grecia se dio como la primera quincena de enero en Rocha. Y fueron vacaciones hasta de nosotros mismos, alquilamos todos separados; y como toda familia que necesita un respiro, nos volvimos a juntar: en la piscina, en la playa, en la noche, en las cenas y los almuerzos, en los mates. Pero no fueron vacaciones sólo por eso, ni porque no teníamos 'Pokemones' que cazar (cuando hablamos de la caza de Pokemones nos referimos a las obras de arquitectura agrupadas en el Nómada, la aplicación que sustituyó a las viejas guías de viaje); sino que todo estaba relacionado con La Pedrera. Paso a explicar: a La Pedrera vas en temporada altísima (primera quincena de enero) cuando todo es mega carísimo, nosotros fuimos los primeros días de julio (misma situación pero en el hemisferio opuesto); en temporada altísima todo está explotado de gente, y así fue, llenito de irlandeses de viaje de egresados (18 años, exaltación a un nivel astronómico) y nosotros, los uruguayos, la generación de facultad, fueras a dónde fueras había un uruguayo, un compañero de facultad, un conocido, como en La Pedrera, que siempre te encontrás con algún conocido. Y eso pasaba de día en la playa y de noche en la zona de los boliches, todos los días, exactamente igual que en La Pedrera. ¿Dónde reservás casa o hostel en La Pedrera? Cerca de la playa y/o los boliches, como en Ios; la única diferencia es que Ios es una isla con bastantes alturas y La Pedrera no, lo que nos hacía poner a prueba nuestros pulmones y músculos de las piernas para llegar a los boliches y/o el hogar. Todo cerquita, todo seguro; caminando a la playa, caminando al boliche; muchos bolichitos, joda en la calle, comprar cerveza en el súper. El que quiere sale, el que no quiere no. El que quiere va a la playa, el que no quiere no. El que sale y se aburre, se vuelve al hogar y el que no puede dar por terminada la noche antes de que amanezca se queda porque sabe que a alguien va a encontrar. Debe ser el único lugar de Europa donde se sale hasta tarde, hasta que amanece, todos los días. Y el after, ¿qué más lindo que seguir la noche cuando te echan del boliche, cuando ya no es de noche? En La Pedrera abren las panaderías y las casas de empanadas y desayunás a las 8 am con una lata de cerveza, en Ios también abren las panaderías (no tienen bizcochos claramente) y los lugares donde te venden gyros; y desayunás por ahí cuando ya amaneció, o te vas al punto más alto de la isla a contemplar la vista de la primera hora de la mañana, y ves a un grupo de jóvenes pasados de copas, trepados al techo de una capilla, descansando, después de una larga noche de música y alcohol. Salvando algunas cositas, nada muy diferente a las vacaciones uruguayas.

jueves, 20 de julio de 2017

Todo pasa por algo. Todo.

[Martes 27.6.17 • vuelo a Atenas]

No importa no haber terminado el relato de India, ya le llegará el momento. Pero no es menor plasmar algunas de las sensaciones de Turquía en este momento, volando, dejando este país, convertida en una catarata humana, emocionada hasta las lágrimas, enamorada del país, de su capital, de su comida, sus calles, su bandera, sus estampados, sus cerámicas, sus mezquitas, su skyline, su amanecer tan naranja como su atardecer, su café y sus cafés, sus lámparas, sus telas, su escala, sus vistas, sus globos aerostáticos, sus rarezas y turbiedades, sus postres, sus frutas, su naturaleza; y mi forma de recorrerla, de conocerla, de vivirla, de sentirla, de compartirla, de explorarla, de apropiarme de ella. Me enamoré y me cuesta desapegarme, por eso no me extraña mi reacción al llegar al aeropuerto, ni al ver el avión que me iba a hacer abandonarla, ni las lágrimas que debo admitir tuve que secar. Creo que hasta me enamoré de los kilos que me gané en estos doce días, que veré en el próximo destino si los abandono o los conservo. Y cuando digo que todo pasa por algo es porque realmente lo creo, como también digo que lo que no pasa, no pasa porque no tiene que pasar. No por nada en enero al decidir qué opcional de viaje iba a hacer, elegí el de Estambul; un poco contra mi voluntad (dejando de lado Tailandia y Vietnam por temas económicos; los cuales eran mis preferidos en un principio) y un poco por escuchar a la voz de la experiencia que me decía que Estambul es enorme, hay mil cosas para hacer y está demás. Y está demás. Y hoy agradezco haber tomado esta sabia decisión, aunque en parte haya sido a ciegas. Cuando hablo de la forma de compartirla (compartirlo en realidad, porque no sólo es Estambul, es todo lo que conocí de Turquía, que no es mucho, pero entra también la excursión a Cappadocia), es compartirlo conmigo, a mi ritmo, con mis tiempos, a mi manera, siguiendo la preferencia del momento; y es compartirlo con la gente que lo compartí, siempre diferente, gente conocida y no tan conocida, gente con los mismos intereses y las mismas ganas de vivirlo. Descubriendo personalidades escondidas y no tanto en meros conocidos. Compartido con los locales, que jugaron un rol importante en algunos momentos de soledad. Los días y las noches, los tés-cafés y cervezas, las shishas. Sentirme casi una local, volver al hogar sin mirar el mapa. Caminar, caminar, caminar, regatear, hablar de Lugano, Muslera, el mate. Contestar tres veces que no soy de Australia, que soy de Uruguay, South America, between Argentina and Brazil. Üsküdar, Atatürk, Baklava, Kahvesi, Döner Kebap, el Bósforo. 

[Martes 26.6.17 • ferry Atenas - Ios]

El hostel, el raro y turbio hostel que fue mi hogar esos días. Y los personajes que pasaron por él; los desconocidos y los conocidos. Volver de Cappadocia a las 6 de la mañana y sentirme en casa. Los desayunos: pan, queso, tomate, huevo, pepino, aceitunas negras, café. La hermosa sensación de la libertad, la libertad para decidir dónde querer estar, y estar donde querés estar. No extrañar, sin necesidad de extrañar, sin estar extrañando. ¿No es eso? Extrañar: querer estar en un lugar diferente al que estamos, sintiendo nostalgia del pasado y pensando en el futuro, en que ese pasado se repita. Entonces el no extrañar es estar donde querés estar, en el momento y el lugar. Viviendo y disfrutando ese momento, sin pensar en lo que ya pasó, ni en lo que se viene. Sin importar cuál sea el momento, la actividad y/o la compañía. Vivir el momento. Y eso aplica a este viaje en general. No podemos pensar en el destino que pasó con nostalgia, ni en el que viene con ansiedad, porque de esa forma se nos escapa el momento que estamos viviendo. El segundo que está pasando y pasó y no vuelve. Y otra vez me doy cuenta que no sólo aplica para el viaje sino a la vida. Porque la vida es eso; y cómo nos cuesta verlo. Siempre volviendo al pasado, al recuerdo; o esperando lo que va a llegar, que puede que no llegue; en vez de vivir el momento y reflexionar sobre el mismo, como ahora, en el ferry que nos lleva a Ios. Si bien estoy escribiendo sobre Turquía (recordando) estoy viviendo este momento, disfrutando de escribir estas palabras en esta libreta (sí, volví al papel, a veces es necesario a pesar del doble trabajo). Y es un momento que no va a volver, el primer ferry griego, sin saber lo que nos espera y sin tratar de imaginarlo. Este viaje está hecho para eso, para vivirlo día a día, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo. Porque si no lo vivís así vas muerto. Es mucha información para procesarla a destiempo. No me acuerdo quién fue que una vez me dijo que cuando nos morimos de la risa por algo, estamos viviendo el momento, sin pensar en el pasado ni en el futuro; y creo que este viaje tiene algo de eso; no por morirnos de la risa (porque no todo es risas ni alegría) sino por el presente. Shimbalaié. Creo que es eso mismo. Disfruto de este momento escribiendo sin pensar en lo que me espera al bajar de este ferry. Y vuelvo a que todo pasa por algo. Elegí el buffer de Estambul porque tenía que hacerlo, sin saber, pero así tenía que ser. Y así fue. Y estoy agradecida por eso. Todo pasa por algo. Todo. ¡Gracias!

Caos perfectamente (des)ordenado (observado desde la burbuja)

[Lunes 19.6.17 • Estambul]

Con mucho atraso, mucho, ayer subí al blog la entrada de Japón y China, y no pasó mucho tiempo hasta que varias personas me pidieran las crónicas de India. Saben que se viene cargada la cosa, se lo imaginan. Todos conocemos los cuentos de los que alguna vez pasaron por ese país. Y nuevamente menciono cuán difícil es escribir sobre un destino estando en otro, en otro país, otra cultura, otra gente, otras costumbres, otra dinámica de viaje, otra yo. Eso. Otra Agustina que cambia según el destino, o tal vez no es que cambie la persona, sino la forma de ver y vivir las cosas (recién ahora me pongo a analizar esto, porque en todos los momentos de reflexión que he tenido, pienso que la que cambia soy yo, y capaz sí existen los cambios, pero no en cada destino). En fin... voy a tratar de dejar de lado todo lo que me está generando este lugar y esta forma de viajar para poner un poco en palabras lo que fue mi pasada por India. Y cuando digo 'pasada' no es figurativo ni filosófico, es literal. Literalmente el grupo de viaje de arquitectura pasó por India. Capaz es bueno explicar la dinámica de esa parte del viaje para que se entienda un poco más el punto. Breve resumen del viaje hasta India: Estados Unidos > libre (cada grupito se gestionaba alojamiento, auto, paseos); Japón > hostel y pase de trenes reservados por el grupo de viaje, día a día libre; China > hoteles, traslados entre ciudades y excursión a la Gran Muralla, reservados por el grupo de viaje, día a día libre; India > EXCURSIÓN. Primer problema. Tres ómnibus moviéndose juntos. 130 estudiantes haciendo check in y check out a diario. No dormimos dos noches seguidas en ningún hotel. Todos los días teníamos un tramo de ruta de no menos de 6 hs o un avión (junto con los exhaustivos controles de seguridad) para llegar al destino. Delhi - Chandigarh / Chandigarh - Delhi / Delhi - Varanasi / Varanasi - Delhi - Agra / Agra - Jaipur / Jaipur - Delhi. La barra diagonal separa un día de otro y el guión une las ciudades, independientemente si se unieron en ómnibus o en avión. Seis días, seis traslados. Eso fue mi pasada por India. Vi 'la India' casi casi que desde un ómnibus con aire acondicionado. Volví de Chandigarh (involuntariamente) escuchando cumbia al mejor estilo viaje a Bariloche. Explicado todo esto creo que se entiende el por qué de la 'pasada' por India, y también se entiende el por qué de 'la burbuja'. Quiero ahora explicar la parte del caos perfectamente (des)ordenado. Ordenado. Y caótico. India me dio la sensación de que algo mortal había explotado sobre él (él porque es EL país) y que todo había continuado tal y como estaba. Una vez más puede que esté entreverando los tantos, pero voy a hablar (o mejor dicho escribir) sobre Delhi, Varanasi, Agra y Jaipur que es lo que conozco. También voy a dejar un poco de lado a Chandigarh ya que dista bastante de las ciudades antes mencionadas. 

[Sábado 24.6.17 • ruta a Cappadocia]

Sigo cometiendo el mismo error de escribir sobre la experiencia de un lugar cuando ya estoy viviendo otra. Y eso cambia el relato, no me cabe duda. Quiero terminar con India porque ya tengo bastante para decir de Turquía. Vuelvo a India. En Delhi, Varanasi, Agra y Jaipur sentí que todo había sido destruido (la parte edilicia, la cuidad en sí misma). Mugre, barro, olores variados y poco amenos, calor, sudor. Todo en las calles, y la gente viviendo con eso, viviendo en eso, viviendo eso. Viviendo eso y viviendo felices. Viviendo en el siglo XXI como si fuera el XIX o el XVIII; aceptando su realidad. 

[Viernes 14.7.17 • ruta Cambridge - York] 

Fue bastante poco lo escrito sobre India, pero un mes después de haber estado ahí, y con tantos destinos posteriores y tantas vivencias se hace aún más difícil escribir sobre India. Seguiré con los otros destinos (haciendo ruta en Inglaterra puedo decir que ya escribí sobre Turquía en el ferry yendo a Grecia). Ahora se empiezan a mezclar las entradas, pero no quería dejar esto de India tan inconcluso. Puede que en algún momento vuelva para atrás y cuente un poco más de lo que fue India, o cuando algo me traiga algún recuerdo; pero hasta ahora, esto es todo.

domingo, 18 de junio de 2017

Del otro lado del mundo // Tan distintos y tan iguales

[Miércoles 24.5.17 • Shinkansen Osaka-Tokio]

La llegada a Japón fue rara, no sé si por las miles de horas de viaje (auto.transfer.avión.tren.tren.tren.creo que otro tren más) o si por el simple hecho (SIMPLE) de haber atravesado el planeta, de haber viajado en el tiempo, al futuro. De haber hecho como 28 hs en menos de 12. Eso me partió la cabeza, me costó razonarlo y entenderlo y me sigue costando varios días después. Viajamos dos días casi enteros que fueron menos de 24 hs. Nunca vimos el atardecer ni el amanecer, siempre fue de día (ahora entiendo el por qué de que me cerraran herméticamente las cortinas del avión, era necesario simular la noche a pesar de que fueran las 3 de la tarde, aunque no pudiera dormir nada porque para mí eran las 3 de la tarde. Porque había dormido la noche anterior. Llegué a Japón y fui otra persona, totalmente diferente a la que fui en Estados Unidos, me extrañé pero no me podía encontrar. Me empecé a preocupar por cosas que no me tenían que importar, perdí el eje y fui consciente de eso, soy. No sé si fue el jetlag (ahora sé que existe) o si fue el estar del otro lado del mundo. Estos días lo estuve pensando bastante, tratando de encontrarle una explicación y lo único que se me ocurrió es que no podemos hacer el viaje que hicimos sin que cambie nada adentro nuestro. Jodo con el 'viaje al futuro', pero realmente algo se tiene que mover, en nuestra energía, en nuestro cuerpo. Es el cambio de día, de occidente a oriente, atravesar los husos horarios al revés. Todo eso me ayuda a explicar los cambios, o yo me resguardo en esa teoría filosófica para explicar los cambios. O como ahora, yendo a 280 km/h. Atravesando cientos de kilómetros en unas pocas horas. Este fantástico tren bala que atraviesa la isla en cuestión de horas. Y hacemos tramos Montevideo-Artigas en tiempos Montevideo-Maldonado.

[Jueves 1.6.17 • avión a Beijing]

Japón fue un viaje, una locura. Y por suerte en Tokio me volví a encontrar, me volví a enamorar, tal vez volví a recuperar el eje que sentía había perdido al atravesar el mundo, capaz me recuperé del jetlag o me acostumbré a lo diferente. Diferente. Por eso el título. Son tan diferentes y a la vez son tan iguales. Son diferentes a nosotros pero los diferentes éramos nosotros. Nuevamente, la idea no es enumerar una cantidad casi infinita de diferencias entre la cultura japonesa y la uruguaya, pero seguro irán surgiendo las anécdotas. Son tan amables, ordenados, eficientes. Creo que eso no es novedad para nadie. Ya nos habían advertido de estas características en los japoneses. La vestimenta, son impecables. Podremos discrepar o no sobre sus gustos a la hora de vestirse, pero son impecables. Un secretito: los kimonos los alquilan para ir a los templos y sacarse fotos. Esa ya no es su vestimenta, no andan así por la ciudad. El Shinkansen (bendito tren bala que nos acercó a ciudades bastante alejadas de nuestro hogar en pocas horas). Nos enamoramos del Shinkansen y de sus aproximados 300 km/h. Nos acostumbramos a tomarnos millones de trenes y metros para llegar a nuestros destinos. Queda poco tiempo de este vuelo corto, por lo que no sé cuándo me sentaré a resumir (o no) todo lo que  fue Japón. En Japón tuve que cambiar el chip interno y me di cuenta que todo es muy incierto (este viaje, el futuro, la vida misma) y no porque fuera Japón, sino porque fue así, y podría haber sido en cualquier parte del mundo, hasta en Montevideo, en la rutina. Pero fue acá. Y vi cambiar muchas cosas, armarse y desarmarse, desencontrarse y encontrarse. Como los caminos que se bifurcan y las cosas que aparecen en este camino, como una serendipia; de este viaje, de la vida. Como cambia algo y cambia todo, y cambiamos nosotros porque necesitamos cambiar y evolucionar. Ahora me estoy acordando de lo que me dijo Marianita respecto a leer mi blog (algo así como que era como escucharme hablar, con los pros y contras que eso conllevaba) y pienso en este texto, todo mezclado, lo que me pasó al llegar a Japón y cómo todo eso cambió con el transcurso de los días, entreverado con las cosas más tangibles y menos filosóficas de este país, de su cultura y forma de ser, con las anécdotas (hay unas cuantas) y me doy cuenta que tiene razón. Cuando digo que son tan distintos y tan iguales es porque su cultura es muy diferente, muy, en pila de aspectos, pero por otro lado están tan occidentalizados, que no nos parece raro ver un Mc. Donald's, un Starbucks, un KFC, un Burger King y un Subway en menos de cuatro cuadras, y llenos de gente, llenos de Japoneses consumiendo lo mismo que se consume a miles de kilómetros en otras culturas completamente diferentes. Diferentes porque en Japón todo es animé (hasta las propagandas en el metro tienen a Hello Kitty y Pikachu -Pikachu es el héroe nacional, como Suárez para nosotros-) pero todos suben al metro con el iPhone en la mano y no despegan los ojos de la pantalla en todo el viaje, (lamentablemente) igual que nosotros. Iguales porque la remera que me compré en Estados Unidos me la podría haber comprado en Japón y con toda seguridad también esté en Montevideo (es de unicornios, ¡si alguien la ve en Montevideo que me avise!). Distintos porque el inodoro tiene audio y bidet incorporado; porque en los baños públicos rara vez encuentres con qué secarte las manos, pero nunca va a faltar dónde colgar el paraguas. Distintos porque manejan al revés y hay vía rápida en las escaleras mecánicas. El espanglish quedó un poco de lado, casi no hablan inglés, muy pocos y bastante mal (no los culpo, debe ser dificilísimo para ellos aprenderlo), entonces nos acostumbramos a comunicarnos con señas, con fotos, con sonrisas, con palabras cortas (en inglés claramente) y a decir mucho 'arigato', 'conochiwa' y 'sumimasen'. La comida, ¡qué tema la comida!, un mundo aparte. No tenemos ni idea. Pensamos que el sushi que comemos en Uruguay es japonés y estamos completamente equivocados. Estamos por llegar a China y todavía tengo miles de cosas para escribir de Japón, seguramente tenga que seguir en estos días, aunque es muy difícil escribir en un destino (por lo menos para mí), prefiero los aviones, pero trataré de no mezclar lo vivido en Japón con lo que voy a empezar a vivir en China en unas horas. Tendré que mencionar las diferencias entre Japón y China que seguramente sean muchas. Muchas. Estamos por aterrizar, trataré de encontrar un momento para seguir con esto, para no dejarlo colgado, para no dejarlos colgados. Los viajes en avión tienen algo, no sé si es el despegue, el aterrizaje o qué, pero me acuerdo de la combinación perfecta del aterrizaje a Tokio escuchando 'Life is wonderful' de Jason Mraz, fue como el soundtrack perfecto para ese momento. Y ahora que estamos aterrizando siento una mezcla de adrenalina y ansiedad, capaz es ansiedad por lo que se viene (nuevamente lo desconocido). Esa sensación cuando las ruedas golpean la pista, en unos meses la voy a extrañar.

[Jueves 8.6.17 • avión a Delhi]

Pasó una semana, pasó un país, pasó de todo. Dije que iba a tratar de no mezclar los cuentos de Japón con los de China, pero me parece que vale la pena hacer algunas comparaciones para entender un poco más cuán diferentes son. Creo que con decir que en China extrañamos a los japoneses ya estoy diciendo mucho, pero increíblemente me sentí más en casa en China que en Japón. Capaz por las opciones de comida, capaz porque hablan más inglés (hasta en Beijing y Shanghai). Hong Kong es un tema aparte, no es China, no se sienten chinos, se sienten mejores que los chinos. Pero escupen, escupen igual que los chinos, en todas las superficies disponibles, en espacios abiertos y CERRADOS, en la calle, en el metro. Así como dije que Japón fue un viaje aparte, muy diferente a Estados Unidos, puedo decir que China también fue un viaje aparte, diferente a Japón y también a Estados Unidos. En Tokio quedamos estancos poco más de una semana, tomando casi diariamente Shinkansens para recorrer todo el país, o lo máximo posible (cada uno con sus intereses), pero haciendo base en el hostel, al cual le llamábamos el Comcar por las pocas prestaciones que tenía y el dudoso mantenimiento y limpieza de las instalaciones; pero una vez más, era nuestro hogar. En China no. En China fuimos a hoteles mucho más decentes, con un poco más de comodidades y PRIVACIDAD. Ya no sabíamos lo que era tener UN SOLO compañero de cuarto. Pero por suerte el rooming fue más ameno. Tres hoteles, un avión para llegar a Beijing, un tren para llegar a Shanghai, un avión para llegar a Hong Kong, siete noches, tres dos y dos, todo el grupo A en el hotel (media generación), excursión a la Gran Muralla todos juntos, esperarnos para salir del hotel hacia los aeropuertos y estación, los que se quedaron dormidos, los que dejaron cosas en la habitación, guías en los ómnibus haciendo chistes malísimos y tratando de vendernos excursiones de unas horas que duplican o triplican el viático de UN día. Todos juntos, lo bueno y lo malo. Estamos llegando a India, y si Japón me partió la cabeza, no quiero imaginarme lo que pueda pasar en los próximos días. Ya estamos advertidos del calor, la humedad, el curry, el caos urbano, las pocas opciones a la hora de comer, el agua embotellada, la pastilla de la Malaria, el regateo, la seda, las condiciones extremas de vida, el Taj Mahal; pero hasta no vivirlo no puedo hablar. Hasta ahora todo lo que puedo transmitir de Asia es la experiencia chino-japonesa y todos los colores que trajo. Los paisajes, las ciudades, las vivencias, las experiencias. Las escaleras; en Japón sentíamos que viajábamos al núcleo de la Tierra cada vez que queríamos tomar un metro. Llegamos a trasladarnos cincuenta pisos en altura en un día, a fuerza de músculos, con la energía motora. Subir y bajar escaleras para cruzar la calle (túneles, puentes). Hoy es la primera vez que me toca un asiento en la ventana y volvió a tocarme sola. Ya aterrizamos. 

[Sábado 10.6.17 • ómnibus Chandigarh - Delhi]

No voy a escribir de India, no voy a escribir de India, no voy a escribir de India. Esto de estar atrasada con las crónicas del viaje hace que cada vez mezcle más todo. Pero prometo en esta entrada no escribir de India. Quiero redondear Japón y China (aunque ya está todo mezclado) porque me parece que India es todo otro tema, un capítulo aparte, y quiero terminar de vivir la experiencia para contarla. Voy a retomar lo que decía del avión y la ventanilla. Hasta ahora no me había tocado ventana, nunca. Hasta el último vuelo (por suerte), para sumarle una experiencia o un sentir a eso de tomar aviones. Esta vez sentía la misma adrenalina de los aterrizajes pero viendo toda Delhi iluminada, desde lejos. Las calles eran franjas amarillas y los autos fichitas de juego moviéndose arriba de esas franjas; y a medida que nos acercábamos al nivel cero, todo se iba agrandado, y tomando una escala humana, ya no tan de maqueta. Maravilloso fue también el atardecer desde el cielo. Nubes, nubes y más nubes, y el Sol. Es difícil concentrarse en Japón y China cuando estás TAN metido en el tráfico de India. Japón, China, tapabocas. Todos usan tapabocas, y los venden en los 7 Eleven que son los minimercados que plagan las ciudades. Dedican una góndola a los tapabocas, de todos los tipos y los tamaños. Los usan en la calle, en el metro, en el boliche.

[Sábado 17.6.17 • Estambul]


Perdón, pero se me hace imposible seguir escribiendo sobre Japón y China cuando estoy en Estambul y todavía no escribí nada de India. ¡Esto fue todo por ahora!

viernes, 19 de mayo de 2017

Lo épico, lo bizarro, los tragos amargos, la noche

[Miércoles 10.5.17 • ruta a San Francisco]

Dos días

[Jueves 18.5.17 • vuelo a Tokio]


Todo lo que escribí en la ruta a San Francisco fueron esas dos palabras, así, sin puntos suspensivos, ni finales, ni nada. Por algo no pude seguir, y lo dejé así, como estaba. Tengo que admitir que como pasaron los días (8 para ser más exactos) y muchas cosas en el medio, tuve que agregarle algunas palabras al título de esta entrada. Ya no es sólo lo épico y lo bizarro, lo otro también. ¡Cómo pasa el tiempo! ¿Ya 18 de mayo? ¿Ya yéndonos a Japón? Camino al segundo país, después de una inmensidad de destinos y anécdotas. ¿Por dónde empiezo? ¿El choque? ¿El boliche gay en San Francisco? ¿El bar rockanrollero de Los Ángeles? ¿El hotel bizarro en Hollywood Boulevard? ¿El no sé cómo llamarle-streapclub a media cuadra del hotel? Y sí, son titulares pero creo que asustan un poco. Creo que voy a tratar de ordenar cronológicamente los hechos, aunque dudo que lo pueda hacer, conociendo mi GRAN habilidad para mezclar todo (hasta la comida, lo cual no tiene nada que ver). Igual no quiero que sea una enumeración de hechos bizarros y épicos, ni de cuentos de LAS noches, porque sí señores, AL FIN conocimos la noche. Por suerte este vuelo es largo y el avión bastante cómodo, así que voy a tener para entretenerme. Llegamos a Phoenix y la aridez del lugar casi nos tumba, pero hicimos ruta hasta el Gran Cañón, donde no extrañamos para nada el frío de Chicago. Menos, cuando nos dijeron que ya no tenían más carpas para alquilar. Genial, primera noche de camping, pero sin camping. Y la noche adentro del auto fue fría, e incómoda. Respirando nuestro propio dióxido de carbono. Creo que ni vale aclarar que casi ni dormimos, porque entre otras cosas había que despertarse a eso de las 5 am para ver el amanecer porque dicen que el amanecer en el Gran Cañón es una experiencia maravillosa, y no lo dudo, pero con la niebla que había no vimos nada. Por suerte más tarde salió UN rayo de sol, uno solo, y pudimos apreciar el regalo de la naturaleza. Pero a pesar de la ausencia de carpa, sobres de dormir y buen tiempo, nos la rebuscamos para tener el mejor recuerdo del Gran Cañón e hicimos un asado. Y qué bueno que estuvo. Nos sentíamos en Rocha, pero en el Gran Cañón. ¿Épico? ¡Obvio! Llovió, y la lluvia nos corrió antes de lo previsto para Las Vegas (se merece una entrada itself por lo épico y lo bizarro pero no la va a tener). Yendo a Las Vegas nevó, lo juro. Tuvimos que parar en la ruta a registrarlo fotográficamente porque no lo podíamos creer. Así que sí, la primavera más fría y rara de mi vida (hasta ahora). Al fin llegamos a Las Vegas, mal dormidos, mal comidos. Siesta, tal vez una de las mejores. Alarmas puestas para conocer LA noche de Las Vegas, donde todos íbamos a apostar unos dólares en algún casino, tomar alguna que otra bebida espirituosa y vivir realmente eso que te muestran en las películas. ¡Emoción! Pero nada de eso pasó. No sabemos si fue porque salimos tarde, porque estábamos cansados, porque no tenemos cientos de dólares para gastar en una noche o si porque todo lo que pasa en las películas no es real; pero la noche en Las Vegas nos pareció horrible, de hecho, no existió. Horrible, igual que la cuidad. Ya me habían advertido que era todo de plástico y cartón, pero igual necesitaba verlo. Y no me mintieron. Es una ciudad digna de mucho análisis, de todo tipo. Arquitectónicamente ya hay alguno que otro en la vuelta, quienes hayan estudiado Teoría II (es una materia de facultad, del plan viejo, no sé ahora cómo se llamará porque me cambiaron todo con el plan nuevo, pero no viene al caso) lo sabrán. Una ciudad hecha en el medio del desierto, dedicada al 'entretenimiento' y al consumo desmedido. Caminamos desde el hotel por el Strip hasta la otra punta y pasamos por París, Nueva York, Venecia, Egipto, Roma. ¿Épico? ¿Bizarro? ¡Triste! Los canales de Venecia adentro de un shopping con gondoleros 24/7, esperando a la resaca de la noche para pasearlos por una piscina adentro de un shopping adentro de un hotel. Real. Plástico. Ciudad acartonada. Este viaje es raro, porque pasás por Nueva York (la de verdad) y después pasás por Las Vegas, y ves una copia muy barata y poco digna del Empire State y del Chrysler. Te dan ganas de llorar, te sangran las córneas. Y a unas cuadras ves la Torre Eiffel y te preguntás ¿para qué voy a ir a París si ya conozco la Torre Eiffel? O la Fontana di Trevi (¿se escribe así?). Para los que no tengan el sentido del humor desarrollado, vuelvan a leer lo último, verán que claramente no existe punto de comparación entre lo real y su copia barata. Escaleras mecánicas en la calle, a cielo abierto; que te llevan a un shopping (otro shopping). Entrar al hotel por el casino a las 12 del mediodía y ver a la gente apostando y tomando y fumando y apostando y tomando y fumando y apostando y tomando y fumando. El olor a cigarro impregnado en el ambiente. Las luces de los tragamonedas. Las alfombras mullidas con colores y diseños estridentes, del siglo pasado, colocadas el siglo pasado. Pensar en la biodiversidad que debe haber abajo de esas alfombras y las pocas ganas de pisarlas, menos sin zapatos. La montaña rusa del hotel, sí, un parque de diversiones en el segundo piso de un hotel, atrapado por un muro-cortina fucsia con muy poco mantenimiento. Si quiero puedo seguir, porque como dije, es una ciudad que merece un profundo análisis. Una ciudad de mierda (pido las disculpas correspondientes por el vocabulario, pero han salido cosas peores de nuestras bocas). Nosotros somos estudiantes de arquitectura que fuimos de pasada , y ¡ojo!, no me arrepiento ni por un segundo de haber ido, porque necesitaba conocer la cuidad para poder criticarla con propiedad. Aparte, si no hubiera ido, no podría estar en este momento haciendo tal análisis crítico. Lo que no entiendo es a Las Vegas como destino turístico principal. ¿Cómo la gente lo elige para pasar una semana (o dos) de vacaciones. ¿Qué hay para hacer? ¿Piscina y casino? Prefiero un 5 estrellas en Montevideo. Y me ahorro el pasaje. Capaz estoy siendo un poco dura e intransigente con el pensamiento (la idea no es herir los sentimientos de nadie), pero no lo puedo entender, estuve menos de 24 hs y me alcanzó para saber que no quiero volver. Me quería ir, la ciudad me estaba echando. No me hallaba. Lo mejor de Las Vegas fue la cama del hotel y la cena y el desayuno en Denny's (es una cadena de restaurants de desayunos que está a lo largo y ancho del país, por lo que no es necesario ir a Las Vegas para disfrutar la experiencia). Qué raro todo, estoy sobrevolando el Pacífico, viajando al futuro, recorriendo un día y medio en doce horas. Creo que hoy sí (en realidad mañana, porque vamos a llegar a las 3 de la tarde del viernes) voy a conocer lo que es el jetlag. Hasta ahora era cansancio de viaje nomás. Pero después de varias discusiones de si viajamos al pasado o al futuro atravesando tantos husos horarios en sentido contrario, sé que me van a robar parte del día, que iré recuperando al acercarme nuevamente al occidente. El vuelo salió a las 11:30 (hora en Los Ángeles) del 18 de mayo. Ahora me aparece en el celular que son las 15:54 (supongo que en Los Ángeles) y después de (supuestamente porque nadie está cien por ciento seguro) 12 horas de vuelo (23:30 en Los Ángeles) estaríamos llegando a Tokio a las 15:30 aprox del viernes 19 de mayo. Me están fallando las cuentas, pero les juro que me están robando pila de horas. Y a todo esto, no quería dejar de mencionar que son las cuatro de la tarde (en alguna parte del mundo) y que adentro del avión parece que fueran las cuatro de la mañana. Afuera hay un sol precioso y me cerraron todas las ventanas y me apagaron las luces, casi obligándome a dormir, colaborando con el despiste de no saber ni en qué día ni en qué hora vivo. Pero, ¿por qué voy a dormir si para mí es de tarde? Anoche dormí, no 8 horas (igual nunca estamos durmiendo 8 horas), pero dormí, y hasta creo que fue suficiente para limpiar el alcohol consumido en la noche. Pero me apagan la luz y me cierran las ventanas como si fuera un ómnibus de larga distancia, de los que salen de noche. Esto fue un paréntesis para explicar un poquito lo que estoy sintiendo en este momento. Después de Las Vegas: San Francisco. Llegaron dos personas más. Nos cambió la dinámica, somos más, hay gente experimentando sus primeros días de viaje mientras que el resto ya vamos por el veintitantos. Más personas para conocernos y entendernos. Descubrí que hay gente que se emociona igual que yo al entrar a un museo. Y nos abrazamos de felicidad al ver tal o cual exposición. Y nos pasamos mil horas adentro del MoMa de San Francisco porque era lo que nos hacía felices en ese momento, y no nos importó si la consecuencia de pasar todas esas horas adentro del museo era perdernos gran parte de la ciudad, o no conocer el resto de las obras del centro. Fuimos felices con eso. Porque el viaje en sí es eso, ¿no?, hacer lo que te hace feliz, independientemente de que se llame 'Viaje de Arquitectura'. Ayer me hizo feliz un mate en la playa de California, y no me importó la cacería de obras de arquitectura. Me hizo feliz el burrito en el restaurant mexicano de Manhattan Beach, y se los recomiendo, Viking Burrito en El Sombrero (ya sé, es propaganda gratuita, sorry not sorry). ¿El trago amargo de San Francisco? El choque. No se asusten, no pasó nada. Fue un mal momento que nos hizo darnos cuenta que las cosas pasan por más que no querramos, que no las podemos evitar, y que pasan a pesar de que hagas todo bien, que el factor suerte también juega y esta vez no estuvo de nuestro lado. Fue feo, no la pasamos bien, sentimos el golpe del primer auto con el segundo, del segundo con el tercero, un grito de desespero, y sabíamos que si el de adelante nuestro no arrancaba rápido, el próximo golpe iba a ser el del tercer auto con el nuestro. Y el auto de adelante demoró, y escuchamos el golpe. Y el auto de adelante arrancó, y se ahorró el mal momento. Todo en segundos. Escuchamos todo y no sabíamos del todo qué estaba pasando. De dónde había venido el grito, qué le había pasado a esa persona. Los golpes fueron golpecitos, el grito fue de susto. No hubo heridos, nada. Pero bajamos del auto, hablamos con los conductores, se llamó al seguro, aparecieron los bomberos y los paramédicos preguntando por heridos y/o personas embarazadas (hasta el día de hoy no entendemos por qué), y al ver que estábamos todos bien, terminamos charlando de Uruguay y el viaje de arquitectura. Pero nos tranquilizó muchísimo que se quedaran con nosotras y nos ayudaran con la logística y los pasos a seguir ante tal situación en un país que no es el tuyo, donde por más que hables el idioma, no es el tuyo y con un auto alquilado (detalle no menor). Volvimos a casa y seguimos con el viaje, cada una a su manera, unas más afectadas que otras, pero con la experiencia en la mochila. Cancelamos la que iba a ser la primera noche de verdad y comimos fideos con tuco. Pero por suerte conocimos la noche de San Francisco, ¡por suerte! Me habían dicho que era la cuidad gay friendly por excelencia, y que había un barrio gay, pero nunca me dijeron que salir a un boliche gay con tres hombres heterosexuales en otro país iba a ser TAN divertido. Y eso que estuve a un minuto de no salir. Los tres chiquilines prontos para salir y yo dudando. Me cambié y 'arreglé' (en este viaje los aprontes para la noche se resumen en soltarse el pelo y pintarse los labios) en un abrir y cerrar de ojos y arrancamos para el barrio gay. Banderas del orgullo gay por todos lados, las cebras de la calle en vez de ser blancas, tienen los colores de la bandera (un espectáculo). Todo muy pintoresco. Entramos a Moby Dick (no el de Punta del Este) y eran CASI todos hombres y yo. Tomamos una cerveza y seguimos. Por suerte caímos en un boliche que si se los tengo que recomendar, no puedo, porque nunca supe cómo se llamaba, pero era a una cuadra del pub anterior (aproximadamente). De nuevo, casi todos hombres. Baño compartido, unisex, mingitorio adentro y afuera del cubículo, este último al lado de la pileta. Mindblowing. Beyoncé, Shakira, Britney, las Spice, Lady Gaga. Se notaba que éramos extranjeros, y puede que a ello se deba el éxito que tuvimos como grupo. Creo que fue una de las noches más divertidas de mi vida. Hablamos con todo el mundo, y les explicábamos que 'the four of us are straight but we came because we love you and we have so much fun'. Y ellos nos amaban a nosotros. Y hablábamos español. Y éramos los raros del boliche. Y fue hermoso. Y no me arrepiento ni un segundo de haberme cambiado como pedo para conocer la noche de San Francisco. Y le agarramos el gusto a la noche, o por lo menos yo. Me acabo de tomar un descanso de la escritura. Traté de ver una película, no me pude concentrar. Está largo este vuelo, cómodo, pero largo. Los uruguayos ya se despertaron, parece el ómnibus de ida a un campamento, nadie en su asiento, todos comiendo papitas, tomando cerveza, caminando de atrás a adelante, de adelante a atrás, la ansiedad, no saber qué nos espera (una vez más), pero está vez llegando a Japón. Japón. Todo diferente. Y se podría decir que me siento en Japón desde que salimos de Los Ángeles. Las explicaciones del vuelo, a diferencia de las veces anteriores que se hacían únicamente en inglés, ahora son en inglés y japonés. De más está decir que no entendemos nada y que todavía no estamos acostumbrados a los sonidos del idioma, por lo que resulta un poco molesto. Pero es cuestión de costumbre. O tal vez es la costumbre de entender un gran porcentaje de lo que dicen los altavoces en inglés, y el contraste con este idioma tan desconocido para nosotros. Somos aproximadamente 150 uruguayos (para mí somos menos) en este vuelo. Debe ser extraño para el resto de los pasajeros, no debe pasar todos los días que te tomes un avión para cruzar el Pacífico y que 150 jóvenes lo invadan, porque siento que estamos invadiendo este vuelo, el 169 con destino a Narita, Tokio. Todavía nos quedan como 2 horas, y por un lado quiero que pasen volando porque ya me siento presa en esta nave espacial, y por otro, quiero redondear todas estas ideas bizarras, épicas, los tragos amargos y los cuentos de las noches, porque nunca se sabe cuál va a ser el próximo momento de paz e inspiración. Aparte, me puedo adelantar y decir que Asia merece un capítulo aparte. Asia es futuro y es incierto. Ayer un grafitti en un baño de un bar me dijo que 'there is only now' y es verdad. Ahora, acá, conmigo, recordando el pasado cercano pero convirtiéndolo en presente mientras escribo. Creo haberlo mencionado antes, pero en estos momentos siento una adrenalina diferente, y no sé si tenga que ver con la experiencia del viaje, o con el simple hecho de escribir y transmitir. De contar desde la experiencia. El otro día mi padre leyó el blog y me dijo que era visceral, y es verdad, así lo siento, y así quiero que sea. Con lo bueno y lo malo, pero con la experiencia, las anécdotas, lo que me generan los lugares y los momentos, lo que no se ve. Eso, lo que no se ve. No se ve el choque, ni la sensación rara que me dejó Las Vegas, ni lo bien que la pasé en la noche de San Francisco. Las historias pulidas (un poco) pero contadas desde lo más adentro, desde las vísceras. Volviendo a la no-enumeración de hechos épicos, están las noches. Again, plural. Queríamos conocer la noche de Los Ángeles. Haciendo research en internet encontraron el Rainbow Bar and Grill. Vamos, comemos algo, tomamos algo y nos volvemos. No. Cuando nos estábamos por ir vimos que en el piso de arriba había un escenario. Subimos. Rock and Roll. Lunes. El lugar ya nos resultaba bizarro. Onda motoquero-rocanroll-extremo. Había un uruguayo trabajando. Resultó ser el único uruguayo seleccionado para el reality de Marte (para los que no tienen ni idea de lo que estoy hablando, googleen Mars One Uruguay, que con toda seguridad encuentren el video de Yuri postulándose. Real. Y épico. Todo es épico: el reality, que haya un uruguayo preseleccionado, que el uruguayo trabaje en un bar bizarrazo (para mí) y que un grupo de estudiantes de arquitectura termine hablando del reality con él. Épico fue que hubiera un actor porno en el bar y que todos los hombres lo conocieran. Bizarro el personaje, firmando autógrafos en el pecho de las mujeres, que nunca entendimos si eran las mozas o clientas del bar. Todo fue muy bizarro. La banda sueca de punk-rock. El baterista, padre de 7 hijos que nos halagaba y nos decía que él ahora que es maduro dice las cosas y si le parece que sos hermoso/hermosa te lo va a hacer saber (con mucho respeto). Y que su esposa estaría muy feliz de recibirnos en su casa cerca de Estocolmo cuando estemos por allá. El resto de la banda, bueno... entre todos no hacías uno. Darte cuenta que somos dos para volver y que no sabemos la intersección de las calles del hotel, ni tenemos el mapa de Los Ángeles descargado en el celular, ni internet para pedir un Uber. ¿Problema? ¡No! El último amigo que nos hicimos en la noche muy gentilmente nos ayudó para poder decirle al taxista a dónde tenía que llevarnos. A la noche siguiente nos dimos cuenta que a una cuadra y media del hotel teníamos un bar bastante decente, con bandas de rock en vivo y un público un poco multiloco. Nos acodamos a la barra. ¡Qué cara que es la noche en Estados Unidos! Entre 6 y 8 dólares la cerveza en un bar. Descubrimos el Jumbo, un streap-dance-club (llamale h) a media cuadra del hotel con entrada gratis. No podíamos no ir, había que sumar la experiencia. Allá fuimos... tres mujeres y dos hombres (yo esperando lo peor) y debo admitir que me sorprendió, no era nada muy diferente al programa de Marcelo Tinelli en la época del baile del caño. Todo bastante prolijo y cuidado. ¿Qué hacíamos ahí 5 uruguayos de championes? Nadie lo sabe, pero tomamos una cerveza y conocimos algo distinto (por lo menos para mí). Situación digna de análisis antropológico. El escenario, el baile, las chicas que bailaban de a una y juntaban la propina, el público (el acodado a la barra, el que tiraba billetes de a dólar en el escenario, la pareja de lesbianas que eran las más bondadosas con las propinas, y nosotros, el grupito de jóvenes extranjeros que fueron a chusmear). Y volvimos al bar de multilocos, ya éramos locales, y nos acodamos en la barra, del mismo lado que la noche anterior. ¿Otro trago amargo? El parto para llegar al aeropuerto, para encontrar la rentadora de autos, no saber cuánto tiempo nos podía llevar el trámite del choque (habrán sido no más de dos minutos reloj), la autopista trancada, los mil carriles, la rush hour, no encontrar el car pool lane, estrés colectivo, el no llegamos. Y llegamos, en hora, y hasta temprano, y lo del auto fue un minuto y el transfer nos estaba esperando y todo el estrés no tuvo sentido, pero lo vivimos. Aprendizaje, dicen. Pero está todo a flor de piel, y ante una situación de estrés, enloquecemos. En resumen esto fue lo épico, lo bizarro, lo amargo y la noche. Como vi el otro día en un cartel en la calle promocionando al hotel (creo que es un hotel) The Cosmopolitan, 'the right amount of wrong'.

lunes, 8 de mayo de 2017

La familia, el hogar, lo desechable, lo efímero

[Lunes 8.5.17 • vuelo a Phoenix]

En Chicago nos dimos cuenta que somos una familia, y pienso cuán importante es la casa, los espacios físicos que dan lugar al hogar. En lo de Sherry no teníamos mucho espacio, ni muchas comodidades. Se podría decir que era un gran monoambiente con un baño y una cocina (de reducidas dimensiones) donde el comedor era el living y el living el cuarto. Donde la privacidad   no existía, ni tampoco las ganas de hacer vida de familia. No era falta de ganas, era falta de hogar. Pero en lo de Mike supimos tirarnos todos en el sillón a ver la tele y hasta hicimos (hicieron mientras yo me bañaba) un American breakfast. Desayunamos en la cocina, jugamos al pocker en la cocina, tomamos cerveza en la cocina, cantamos en la cocina, tomamos mate en la cocina y cenamos comida 'casera' en el comedor. Lavamos la ropa, los platos. No es menor notar todo esto en un 'viaje de arquitectura' donde no sólo visitamos obras de arquitectura famosas. Vemos también cómo pueden y deben funcionar los ambientes para que se cumpla la función para los que fueron diseñados. Primero lo de Sherry, después un hostel, lo de Mike y hoy será el primer camping. Primero la Grand Caravan y ayer el New Beatle. Hoy el tercer tramo de avión en este viaje. Quedaron atrás tres mapas de ciudades con sus respectivos mapas de subte, dos tarjetas de subte con saldo ilimitado por una semana cada uno. Disfrutar la ducha porque sinceramente no sabemos cuándo ni cómo va a ser la próxima. Usar la toalla de 'tela de toalla' que el hostel/host de airbnb nos provee (la de microfibra ultra-delgada-ultra-liviana no es lo mismo, no seca igual). Llegar al aeropuerto y ver cómo carajos salimos de ahí para llegar al hogar, sea el que sea. Empezarte a acostumbrar a todo para en ese mismo momento dejarlo atrás, los subtes son el más claro ejemplo. ¿Lo desechable? No comprar nada que quieras que llegue safe and sound a Montevideo. Y saber que varias de las cosas que vinieron pueden y seguramente queden en alguna parte del mundo, no sin antes haber sido reemplazadas por una versión mejorada (o no tanto). El desapego de las cosas, que a veces cuesta tanto. ¿Volverán a Montevideo los championes que tengo puestos que tanto amo, la mochila que me compré en segundo de liceo (sí, segundo de liceo, si no me fallan las cuentas son 12 años, wow!), este jean que es el más cómodo del mundo? Con toda seguridad no. Pienso en la valija y ya hay algunas cosas para descartar cuando empiecen los destinos más calurosos. Si vamos a vivir 6 meses con lo que entre en una valija, ¿por qué no podemos vivir así el resto de los meses que nos quedan de vida? Se nos hace tan natural armar una valija, tomar un subte, un avión, dejar una casa, llegar a otra, alquilar un auto, el tollpass-palabra que no había escuchado antes de este viaje y que ahora veo hasta en la sopa- (sí, sigo aprendiendo inglés), hablar en inglés (sorry, excuse me, it's ok; se han vuelto las cosas de todos los días), la máquina del subte que te habla -stay away from the closing doors-, los delays y los out of order, que se te apunen los oídos, como ahora. Explicarle a la gente que Uruguay no está next to France, sino that it is a small country in South America between Argentina and Brazil, and that we speak spanish but not from Spain because we are not Spanish. Tenía razón Alfredo, -no eches en la maleta lo que no vayas a usar, son más largos los caminos pa'l que va carga'o de más- y Maite, ella también me lo dijo (me saltó justito la canción en el aleatorio y me pareció que tenía bastante que ver con los que decía más arriba). Llegamos a Phoenix, y esta vez no tengo que pasar nada a digital porque ¿para qué hacer el doble de trabajo, verdad? Será menos romántico sí, pero a los efectos es lo mismo. Ya estoy disfrutando los vuelos y todo, sentada entre dos desconocidos; tiempo para mí, para ver series, escuchar música, dormir (cuando se puede) y escribir! Son las 8:45, salimos a las 7 y tuvimos casi 4 horas de vuelo. Esto es mágico y a la vez asusta un poco, empiezan los jet-lags, los días más largos y los más cortos, saltearnos días, atravesar miles de husos horarios. Ahora hay 4 horas de diferencia con Uruguay, complicado para la videollamada, pero por lo menos estamos llegando a Phoenix a las 9 y no a las 11 (hora en Chicago). Son dos horas que nos regala el día para recorrer. 

sábado, 6 de mayo de 2017

¿Qué más querés que perderte en Nueva York?

[Jueves 27.4.17 - Miércoles 3.5.17 • NY - Boston - vuelo a Chicago]

Debo admitir que me costó saber qué día es, en realidad si lo pienso, no sé en qué día vivo. Me ayudó ver que ayer escribí 26/4. Es el 4° día y parece que salimos de Montevideo hace una eternidad. Estoy sola en un subte yendo al Central Park y me acabo de dar cuenta que estoy en la mitad exacta de la estadía en NY. Pasaron 3 días de locura y quedan 3 días, TRES DÍAS. Es imposible organizar todos los destinos para que todo cuadre. Es el momento de elegir, de ponderar unos lugares sobre otros. Es darse cuenta que siempre nos van a quedar cosas para ver, y asumirlo y aceptarlo. Es quedarse con la parte llena del vaso, siempre. Y tal vez, pensar en volver, siempre en volver. Está bueno entenderlo en el primer destino porque creo no equivocarme si digo que van a ser seis meses así, de completa locura, de querer ver TODO y tener que elegir. De ponerse en acción temprano y volver tarde, para poder completar la checklist de obligatorios. De saber en qué momentos separarnos del grupo y en qué momentos volver a juntarnos. Me gusta esta locura, me gusta esta irreal forma de vida. Me gusta encontrarme con caras conocidas en la gran ciudad. Creo que esta modalidad de viaje tiene algo especial que no lo tiene viajar en un grupo chico o solo. La posibilidad de hacer cosas con diferentes personas, o sola, como ahora. Es demasiada información, mucha, toda junta; y no hay demasiado tiempo para procesarla, menos cuando estamos todos juntos. Por eso es bueno el subte, el avión (más adelante será la camioneta, el ferry, el tren, o vaya uno a saber qué más) para acomodar todo esto (o por lo menos algo) y dejarlo por escrito. Todos los que ya hicieron 'el viaje' te cuentan que es una experiencia única, que te sentís diferente, que estás feliz; y se lo crees, porque ¿cómo no vas a creerle a una persona que está feliz si su única preocupación es tener el pasaporte pegado al cuerpo siempre? ¿si cuando suena el despertador alrededor de las 7:00 AM en vez de ir a trabajar o a estudiar, tiene que decidir a qué museo de NY va a ir? Le crees, porque es algo insólito y surreal; y CREEME, porque lo estoy viviendo. No sé si porque me metieron en la cabeza que iba a pasar o si simplemente porque pasa. Y en este momento agradezco que nuestro apartamento esté tan lejos de Manhattan (bueno, Manhattan es muy grande, pero aún así estamos muy lejos). Quedan dos paradas para llegar al Central Park y ver qué me/nos depara este día. Ayer conocí el PRETZEL FREE DAY, insólito. Ir a comprar única y exclusivamente un pretzel común y que no te lo cobren porque para tu suerte es 'pretzel free day'. O saber que el instinto de supervivencia vive y lucha en el ser humano cuando volviendo a casa, el subte para en una estación, te obligan a bajarte y buscar rápido en el subway map, qué combinaciones (plural, sí) te sirven para llegar al hogar, porque sí, lo de Sherry ya es nuestro hogar. Y ver que sos capaz de hacer estas combinaciones, estando sola y cansada, y con hambre, para llegar a casa. Eso no tiene precio. ¿Qué más querés que perderte en Nueva York? Y sí, es una de las mejores experiencias porque ahí es cuando pasan cosas. Tomarte un subte mal, o tomártelo bien y que por esa cosas de la vida,  no pare en la estación deseada; caminar en la dirección contraria (sin intención, claramente). Llegar tarde al punto de encuentro por toparte con el Lincoln Center y conocer a Pablo, un costarricense que me pregunta de dónde soy porque me ve sacando fotos. Ahora en Costa Rica ya conocen el viaje de arquitectura. En este viaje pasan cosas insólitas, que un desconocido te regale un paraguas por la calle porque (aparentemente) lo compró para hacer unas cuadras bajo la furiosa lluvia de Manhattan. O llegar al hall del Hearst Tower y que el seguridad al ver que sos estudiante de arquitectura (uruguayo), saque de su bolsillo una hoja (hecha por él) con edificios de arquitectos reconocidos para visitar. Insólito. Aparentemente su primo es arquitecto y le tiró los piques, y él, muy gentilmente, te dice que que le saques una foto a la hoja. Parece como que año a año espera a los casi trescientos estudiantes de arquitectura con su hoja en el bolsillo para brindarnos la información. O ir a una tienda y que Jonathan from Chicago te diga que no podés perderte la pizza de Giordano's cuando estés en su ciudad. Hoy ya es viernes, y no dudo que termine de escribir esto de camino a Boston. Porque el texto empieza y no termina, lo interrumpe la parada de subte. Y quedan los pensamientos colgados, se procesan y pasan más cosas y otro subte y más historias. Ahora en lo único que pienso es en qué momento transcribiré esto a los medios digitales. Dudo tener el tiempo y la voluntad. Pero como todo en este viaje, es un aprendizaje; capaz las crónicas de NY sean las únicas que queden escritas en papel y tenga que empezar con las próximas digitalmente. Faltan cuatro paradas y muero de hambre. Pasó la casa de la cascada, pasó Boston, pasaron los primeros 9 días. Estamos en el décimo, ya embarcados rumbo a Chicago, rumbo a nuestro tercer destino, rumbo a nuestro tercer hogar. Pasó tan poco tiempo y parece tanto. Siento que ya me acostumbré a este nomadismo (siempre fui un poco nómade), a armar la valija 2 veces en menos de 2 días. To switch the language y hablar espanglish. Este viaje te da la posibilidad de visitar a los conocidos que tenemos por el mundo y que nos muestren las costumbres locales. Cory me llevó a un típico breakfast en Brooklyn (huevos, bacon, panqueques, egg cream). Y hasta vi una parte de Uruguay en su apartamento (mate, yerba Canarias, souvenirs de Uruguay). En este viaje nos están pasando cosas rarísimas a todos, a mí en especial es con la comida -GRATIS-. Empezó con el pretzel free day, siguió en el desayuno en Brooklyn (el bartender era guatemalteco y se ve que le caímos bien, porque cuando ya estábamos por explotar de comida, nos preparó un egg cream de chocolate y lo puso en frente nuestro diciendo 'invitación de la casa'; y por último, esperando que cambien los filtros de la máquina de café (mientras esperábamos un iced coffee) nos dijeron que eligiéramos un pastry for free. Fueron unos muffins de limón con amapola. Otros presenciaron un suicidio en un motel de ruta. Real. Ahora pienso que cuando escribo no importa mucho qué visité, eso queda en las fotos, pero las cosas que pasan no, la gente con la que hablás en la calle no. La señora del High Line que sabía bastante de la arquitectura de la zona, la señora del punto de información en Harvard que después de decirle dónde quedaba el hostel me dijo que nos cuidáramos, a lo que le respondí que éramos de Montevideo, Uruguay, South America y que estábamos acostumbrados -I'm not playing grandma with you!- she said. O la sensación de sobrevolar las nubes y ver la ciudad en capas. Dirán que estoy loca, pero me imagino tres layers en Autocad: la ciudad, las nubes, y nosotros volando, por arriba de las otras. Saqué una foto, pero no es lo mismo. O el apunamiento en los oídos, que todos los viven de forma diferente y yo ya me hice a la idea que lo voy a sufrir cada vez que me suba a un avión; pero es el precio que hay que pagar, y lo pago con gusto, porque este viaje es un regalo de la vida, con la colaboración de todos los que compraron una rifa. En las fotos no aparece la chica que está sentada al lado mío en el avión y que (al despegar) hizo el mismo gesto que hacen los creyentes cuando pasan por al lado de una iglesia. Y me hizo pensar que al subirnos al avión estamos tomando riesgos. Siento que la está pasando mal, no sé. Miro a mi alrededor y veo a la mayoría de nosotros escribiendo, dibujando, mirando las fotos que sacaron, cada uno en su viaje, todos involucrados en esto. Será este un buen momento para pasar este texto a digital?

martes, 25 de abril de 2017

23 semanas

23 semanas. Veintitrés semanas. No importa cuánto es en días o en meses. Nos dijeron 23 semanas y a mí me quedó grabado. 23 semanas que querés que vuelen y desaparezcan, y a la vez no sabés en qué rincón del calendario vas a acomodar cada cosa que falta por hacer. 23 semanas en las que no sabés qué va a pasar y tenés y querés resolver un montón de cosas que no pudiste resolver en una vida entera. 23 semanas en las que ponés tu vida en standby: no vas a buscar otro trabajo, ni mudarte a otro lugar que no sea la casa de tus padres, ni planificar vacaciones, ni empezar una relación, ni sacar un crédito, ni empezar un curso. No vas a empezar nada. 23 semanas es lo que queda de un juego que empezó hace aproximadamente tres años cuando pusimos un sobre de manila con nuestros datos en una buzonera. Un juego que sabíamos nos iba a estresar y sacar tiempo (mucho tiempo) pero dicen, vale la pena. Un juego un tanto macabro que hasta dejó a unos cuantos por el camino. 23 semanas para prepararte psicológicamente para vivir algo completamente diferente, que seguramente sea LA experiencia de tu vida. 23 semanas para dejar todo y no saber con qué encontrarte a la vuelta. 23 semanas para (quién te dice..) encontrarse y entenderse a uno mismo. 23 semanas de aprender a jugar al tetris para que en la valija te entre la ropa de invierno, la de verano, el mate, el termo y los 2 kg de yerba! 23 semanas de ansiedad. 23 semanas de imaginar cómo será todo por allá y de no saber cómo lo vas a vivir. 23 semanas que ya no son 23 semanas porque mientras escribo el tiempo pasa. 23 semanas que hoy son 15, porque sí, pasaron dos meses y en ellos la realidad, la indecisión, las cuentas, las reservas, los planes B C y D, la decepción, la búsqueda de alternativas, la toma de decisiones (algunas por impulso, otras por presión). 23 semanas de cambiar muchas cosas, algunas para mejor, otras para peor (mejor?, peor?, o simplemente diferentes?) pero cambiar, y dejar atrás cosas que no me puedo llevar en la valija. 23 semanas en las que se fue un año y sin titubear empezó otro, sin corte, sin pausa, sin mejoras ni desmejoras. 23 semanas con fecha de vencimiento, vencimiento para lo laboral, vencimiento para los aprontes, vencimiento para lo que queda acá 'antes de'. 23 semanas en las que no importa no tener vacaciones o días libres. 23 semanas de muchos estados anímicos, de euforias, ansiedades, tristezas y verdades. 23 semanas de llantos y risas. 23 semanas en las que nos gestionaron visas, pasajes, excursiones, habitaciones de hotel. 23 semanas en las que definimos y descartamos, todo. 23 semanas de previa, con integración y aislación. 23, veintitrés. Por algo resonó el número cuando nos dijeron que faltaban 23 semanas. Fecha de salida: día 23. Hoy: 23. En estas 23 semana fuimos felices y no tanto. 23 semanas en las que algunos dejaron, o están dejando de ser estudiantes y otros nos estamos replanteando la carrera. 23 semanas en las que en algún momento me escuché decir que estoy en el mejor momento de mi vida. 23 semanas que están volando. 23 semanas en las que todo pasa a una velocidad exponencial. 23 semanas que ya son menos de 5, hoy 23, a exactamente un mes de empezar la aventura. 23 semanas que le dieron nombre a esto, que se sabe más o menos cómo, dónde y cuándo empieza, pero sinceramente no se sabe de su fin, nada, porque es integralmente desconocido. 23 semanas que llegaron a 0. Sí, porque llegó el día y pasó. Y lo vivimos como había que vivirlo, con la euforia del comienzo, la felicidad de estar en EL día, la incertidumbre de lo que vendrá y la indiferencia de no caer en esta realidad. Nadie cae, nadie entiende nada, y es real, ahora sí, es real. Personalmente empecé a darme cuenta que era real cuando me dieron la cena en el avión (una carne de procedencia dudosa y gusto no ameno) y no me importó, en parte por el hambre pos locura en el aeropuerto de Carrasco, y en parte por haber entrado en estado 'arrancó EL viaje'. Y en este estado no importa que te toque el asiento del medio de la fila del medio con dos personas desconocidas y no pertenecientes al grupo de viaje, porque somos seres sociables y no tenemos inconveniente en compartir una charla de avión y contarles quiénes somos, a dónde estamos yendo y qué estamos haciendo. Estamos abiertos a simpatizar con quienes nos hacen el check in y que nos den el asiento de la puerta de emergencia (son los más cómodos por el amplio espacio para las piernas) por el simple hecho de hablar inglés 'are yo enable to help in case of emergency?'. 23 semanas que sí, volaron. 23 semanas que se convirtieron en el día 1 que es una mezcla con el día 0, porque a pesar de que sean las 8:15 en Miami, nos seguimos refiriendo a ayer como hoy. Para nosotros sigue siendo domingo 23/4, sigue siendo el día tan esperado, el del comienzo, aún estando a horas de llegar a destino, a nuestro primer destino, al día 1, a empezar realmente la aventura. Así pasaron las 23 semanas que quedaron dando vueltas en la cabeza en aquella asamblea donde el equipo docente presentó el itinerario oficial. Terminó la cuenta regresiva y empezó lo bueno. Dicen que lo mejor está por venir.