[Martes 27.6.17 • vuelo a Atenas]
No importa no haber terminado el relato de India, ya le llegará el momento. Pero no es menor plasmar algunas de las sensaciones de Turquía en este momento, volando, dejando este país, convertida en una catarata humana, emocionada hasta las lágrimas, enamorada del país, de su capital, de su comida, sus calles, su bandera, sus estampados, sus cerámicas, sus mezquitas, su skyline, su amanecer tan naranja como su atardecer, su café y sus cafés, sus lámparas, sus telas, su escala, sus vistas, sus globos aerostáticos, sus rarezas y turbiedades, sus postres, sus frutas, su naturaleza; y mi forma de recorrerla, de conocerla, de vivirla, de sentirla, de compartirla, de explorarla, de apropiarme de ella. Me enamoré y me cuesta desapegarme, por eso no me extraña mi reacción al llegar al aeropuerto, ni al ver el avión que me iba a hacer abandonarla, ni las lágrimas que debo admitir tuve que secar. Creo que hasta me enamoré de los kilos que me gané en estos doce días, que veré en el próximo destino si los abandono o los conservo. Y cuando digo que todo pasa por algo es porque realmente lo creo, como también digo que lo que no pasa, no pasa porque no tiene que pasar. No por nada en enero al decidir qué opcional de viaje iba a hacer, elegí el de Estambul; un poco contra mi voluntad (dejando de lado Tailandia y Vietnam por temas económicos; los cuales eran mis preferidos en un principio) y un poco por escuchar a la voz de la experiencia que me decía que Estambul es enorme, hay mil cosas para hacer y está demás. Y está demás. Y hoy agradezco haber tomado esta sabia decisión, aunque en parte haya sido a ciegas. Cuando hablo de la forma de compartirla (compartirlo en realidad, porque no sólo es Estambul, es todo lo que conocí de Turquía, que no es mucho, pero entra también la excursión a Cappadocia), es compartirlo conmigo, a mi ritmo, con mis tiempos, a mi manera, siguiendo la preferencia del momento; y es compartirlo con la gente que lo compartí, siempre diferente, gente conocida y no tan conocida, gente con los mismos intereses y las mismas ganas de vivirlo. Descubriendo personalidades escondidas y no tanto en meros conocidos. Compartido con los locales, que jugaron un rol importante en algunos momentos de soledad. Los días y las noches, los tés-cafés y cervezas, las shishas. Sentirme casi una local, volver al hogar sin mirar el mapa. Caminar, caminar, caminar, regatear, hablar de Lugano, Muslera, el mate. Contestar tres veces que no soy de Australia, que soy de Uruguay, South America, between Argentina and Brazil. Üsküdar, Atatürk, Baklava, Kahvesi, Döner Kebap, el Bósforo.
[Martes 26.6.17 • ferry Atenas - Ios]
El hostel, el raro y turbio hostel que fue mi hogar esos días. Y los personajes que pasaron por él; los desconocidos y los conocidos. Volver de Cappadocia a las 6 de la mañana y sentirme en casa. Los desayunos: pan, queso, tomate, huevo, pepino, aceitunas negras, café. La hermosa sensación de la libertad, la libertad para decidir dónde querer estar, y estar donde querés estar. No extrañar, sin necesidad de extrañar, sin estar extrañando. ¿No es eso? Extrañar: querer estar en un lugar diferente al que estamos, sintiendo nostalgia del pasado y pensando en el futuro, en que ese pasado se repita. Entonces el no extrañar es estar donde querés estar, en el momento y el lugar. Viviendo y disfrutando ese momento, sin pensar en lo que ya pasó, ni en lo que se viene. Sin importar cuál sea el momento, la actividad y/o la compañía. Vivir el momento. Y eso aplica a este viaje en general. No podemos pensar en el destino que pasó con nostalgia, ni en el que viene con ansiedad, porque de esa forma se nos escapa el momento que estamos viviendo. El segundo que está pasando y pasó y no vuelve. Y otra vez me doy cuenta que no sólo aplica para el viaje sino a la vida. Porque la vida es eso; y cómo nos cuesta verlo. Siempre volviendo al pasado, al recuerdo; o esperando lo que va a llegar, que puede que no llegue; en vez de vivir el momento y reflexionar sobre el mismo, como ahora, en el ferry que nos lleva a Ios. Si bien estoy escribiendo sobre Turquía (recordando) estoy viviendo este momento, disfrutando de escribir estas palabras en esta libreta (sí, volví al papel, a veces es necesario a pesar del doble trabajo). Y es un momento que no va a volver, el primer ferry griego, sin saber lo que nos espera y sin tratar de imaginarlo. Este viaje está hecho para eso, para vivirlo día a día, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo. Porque si no lo vivís así vas muerto. Es mucha información para procesarla a destiempo. No me acuerdo quién fue que una vez me dijo que cuando nos morimos de la risa por algo, estamos viviendo el momento, sin pensar en el pasado ni en el futuro; y creo que este viaje tiene algo de eso; no por morirnos de la risa (porque no todo es risas ni alegría) sino por el presente. Shimbalaié. Creo que es eso mismo. Disfruto de este momento escribiendo sin pensar en lo que me espera al bajar de este ferry. Y vuelvo a que todo pasa por algo. Elegí el buffer de Estambul porque tenía que hacerlo, sin saber, pero así tenía que ser. Y así fue. Y estoy agradecida por eso. Todo pasa por algo. Todo. ¡Gracias!
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