domingo, 18 de junio de 2017

Del otro lado del mundo // Tan distintos y tan iguales

[Miércoles 24.5.17 • Shinkansen Osaka-Tokio]

La llegada a Japón fue rara, no sé si por las miles de horas de viaje (auto.transfer.avión.tren.tren.tren.creo que otro tren más) o si por el simple hecho (SIMPLE) de haber atravesado el planeta, de haber viajado en el tiempo, al futuro. De haber hecho como 28 hs en menos de 12. Eso me partió la cabeza, me costó razonarlo y entenderlo y me sigue costando varios días después. Viajamos dos días casi enteros que fueron menos de 24 hs. Nunca vimos el atardecer ni el amanecer, siempre fue de día (ahora entiendo el por qué de que me cerraran herméticamente las cortinas del avión, era necesario simular la noche a pesar de que fueran las 3 de la tarde, aunque no pudiera dormir nada porque para mí eran las 3 de la tarde. Porque había dormido la noche anterior. Llegué a Japón y fui otra persona, totalmente diferente a la que fui en Estados Unidos, me extrañé pero no me podía encontrar. Me empecé a preocupar por cosas que no me tenían que importar, perdí el eje y fui consciente de eso, soy. No sé si fue el jetlag (ahora sé que existe) o si fue el estar del otro lado del mundo. Estos días lo estuve pensando bastante, tratando de encontrarle una explicación y lo único que se me ocurrió es que no podemos hacer el viaje que hicimos sin que cambie nada adentro nuestro. Jodo con el 'viaje al futuro', pero realmente algo se tiene que mover, en nuestra energía, en nuestro cuerpo. Es el cambio de día, de occidente a oriente, atravesar los husos horarios al revés. Todo eso me ayuda a explicar los cambios, o yo me resguardo en esa teoría filosófica para explicar los cambios. O como ahora, yendo a 280 km/h. Atravesando cientos de kilómetros en unas pocas horas. Este fantástico tren bala que atraviesa la isla en cuestión de horas. Y hacemos tramos Montevideo-Artigas en tiempos Montevideo-Maldonado.

[Jueves 1.6.17 • avión a Beijing]

Japón fue un viaje, una locura. Y por suerte en Tokio me volví a encontrar, me volví a enamorar, tal vez volví a recuperar el eje que sentía había perdido al atravesar el mundo, capaz me recuperé del jetlag o me acostumbré a lo diferente. Diferente. Por eso el título. Son tan diferentes y a la vez son tan iguales. Son diferentes a nosotros pero los diferentes éramos nosotros. Nuevamente, la idea no es enumerar una cantidad casi infinita de diferencias entre la cultura japonesa y la uruguaya, pero seguro irán surgiendo las anécdotas. Son tan amables, ordenados, eficientes. Creo que eso no es novedad para nadie. Ya nos habían advertido de estas características en los japoneses. La vestimenta, son impecables. Podremos discrepar o no sobre sus gustos a la hora de vestirse, pero son impecables. Un secretito: los kimonos los alquilan para ir a los templos y sacarse fotos. Esa ya no es su vestimenta, no andan así por la ciudad. El Shinkansen (bendito tren bala que nos acercó a ciudades bastante alejadas de nuestro hogar en pocas horas). Nos enamoramos del Shinkansen y de sus aproximados 300 km/h. Nos acostumbramos a tomarnos millones de trenes y metros para llegar a nuestros destinos. Queda poco tiempo de este vuelo corto, por lo que no sé cuándo me sentaré a resumir (o no) todo lo que  fue Japón. En Japón tuve que cambiar el chip interno y me di cuenta que todo es muy incierto (este viaje, el futuro, la vida misma) y no porque fuera Japón, sino porque fue así, y podría haber sido en cualquier parte del mundo, hasta en Montevideo, en la rutina. Pero fue acá. Y vi cambiar muchas cosas, armarse y desarmarse, desencontrarse y encontrarse. Como los caminos que se bifurcan y las cosas que aparecen en este camino, como una serendipia; de este viaje, de la vida. Como cambia algo y cambia todo, y cambiamos nosotros porque necesitamos cambiar y evolucionar. Ahora me estoy acordando de lo que me dijo Marianita respecto a leer mi blog (algo así como que era como escucharme hablar, con los pros y contras que eso conllevaba) y pienso en este texto, todo mezclado, lo que me pasó al llegar a Japón y cómo todo eso cambió con el transcurso de los días, entreverado con las cosas más tangibles y menos filosóficas de este país, de su cultura y forma de ser, con las anécdotas (hay unas cuantas) y me doy cuenta que tiene razón. Cuando digo que son tan distintos y tan iguales es porque su cultura es muy diferente, muy, en pila de aspectos, pero por otro lado están tan occidentalizados, que no nos parece raro ver un Mc. Donald's, un Starbucks, un KFC, un Burger King y un Subway en menos de cuatro cuadras, y llenos de gente, llenos de Japoneses consumiendo lo mismo que se consume a miles de kilómetros en otras culturas completamente diferentes. Diferentes porque en Japón todo es animé (hasta las propagandas en el metro tienen a Hello Kitty y Pikachu -Pikachu es el héroe nacional, como Suárez para nosotros-) pero todos suben al metro con el iPhone en la mano y no despegan los ojos de la pantalla en todo el viaje, (lamentablemente) igual que nosotros. Iguales porque la remera que me compré en Estados Unidos me la podría haber comprado en Japón y con toda seguridad también esté en Montevideo (es de unicornios, ¡si alguien la ve en Montevideo que me avise!). Distintos porque el inodoro tiene audio y bidet incorporado; porque en los baños públicos rara vez encuentres con qué secarte las manos, pero nunca va a faltar dónde colgar el paraguas. Distintos porque manejan al revés y hay vía rápida en las escaleras mecánicas. El espanglish quedó un poco de lado, casi no hablan inglés, muy pocos y bastante mal (no los culpo, debe ser dificilísimo para ellos aprenderlo), entonces nos acostumbramos a comunicarnos con señas, con fotos, con sonrisas, con palabras cortas (en inglés claramente) y a decir mucho 'arigato', 'conochiwa' y 'sumimasen'. La comida, ¡qué tema la comida!, un mundo aparte. No tenemos ni idea. Pensamos que el sushi que comemos en Uruguay es japonés y estamos completamente equivocados. Estamos por llegar a China y todavía tengo miles de cosas para escribir de Japón, seguramente tenga que seguir en estos días, aunque es muy difícil escribir en un destino (por lo menos para mí), prefiero los aviones, pero trataré de no mezclar lo vivido en Japón con lo que voy a empezar a vivir en China en unas horas. Tendré que mencionar las diferencias entre Japón y China que seguramente sean muchas. Muchas. Estamos por aterrizar, trataré de encontrar un momento para seguir con esto, para no dejarlo colgado, para no dejarlos colgados. Los viajes en avión tienen algo, no sé si es el despegue, el aterrizaje o qué, pero me acuerdo de la combinación perfecta del aterrizaje a Tokio escuchando 'Life is wonderful' de Jason Mraz, fue como el soundtrack perfecto para ese momento. Y ahora que estamos aterrizando siento una mezcla de adrenalina y ansiedad, capaz es ansiedad por lo que se viene (nuevamente lo desconocido). Esa sensación cuando las ruedas golpean la pista, en unos meses la voy a extrañar.

[Jueves 8.6.17 • avión a Delhi]

Pasó una semana, pasó un país, pasó de todo. Dije que iba a tratar de no mezclar los cuentos de Japón con los de China, pero me parece que vale la pena hacer algunas comparaciones para entender un poco más cuán diferentes son. Creo que con decir que en China extrañamos a los japoneses ya estoy diciendo mucho, pero increíblemente me sentí más en casa en China que en Japón. Capaz por las opciones de comida, capaz porque hablan más inglés (hasta en Beijing y Shanghai). Hong Kong es un tema aparte, no es China, no se sienten chinos, se sienten mejores que los chinos. Pero escupen, escupen igual que los chinos, en todas las superficies disponibles, en espacios abiertos y CERRADOS, en la calle, en el metro. Así como dije que Japón fue un viaje aparte, muy diferente a Estados Unidos, puedo decir que China también fue un viaje aparte, diferente a Japón y también a Estados Unidos. En Tokio quedamos estancos poco más de una semana, tomando casi diariamente Shinkansens para recorrer todo el país, o lo máximo posible (cada uno con sus intereses), pero haciendo base en el hostel, al cual le llamábamos el Comcar por las pocas prestaciones que tenía y el dudoso mantenimiento y limpieza de las instalaciones; pero una vez más, era nuestro hogar. En China no. En China fuimos a hoteles mucho más decentes, con un poco más de comodidades y PRIVACIDAD. Ya no sabíamos lo que era tener UN SOLO compañero de cuarto. Pero por suerte el rooming fue más ameno. Tres hoteles, un avión para llegar a Beijing, un tren para llegar a Shanghai, un avión para llegar a Hong Kong, siete noches, tres dos y dos, todo el grupo A en el hotel (media generación), excursión a la Gran Muralla todos juntos, esperarnos para salir del hotel hacia los aeropuertos y estación, los que se quedaron dormidos, los que dejaron cosas en la habitación, guías en los ómnibus haciendo chistes malísimos y tratando de vendernos excursiones de unas horas que duplican o triplican el viático de UN día. Todos juntos, lo bueno y lo malo. Estamos llegando a India, y si Japón me partió la cabeza, no quiero imaginarme lo que pueda pasar en los próximos días. Ya estamos advertidos del calor, la humedad, el curry, el caos urbano, las pocas opciones a la hora de comer, el agua embotellada, la pastilla de la Malaria, el regateo, la seda, las condiciones extremas de vida, el Taj Mahal; pero hasta no vivirlo no puedo hablar. Hasta ahora todo lo que puedo transmitir de Asia es la experiencia chino-japonesa y todos los colores que trajo. Los paisajes, las ciudades, las vivencias, las experiencias. Las escaleras; en Japón sentíamos que viajábamos al núcleo de la Tierra cada vez que queríamos tomar un metro. Llegamos a trasladarnos cincuenta pisos en altura en un día, a fuerza de músculos, con la energía motora. Subir y bajar escaleras para cruzar la calle (túneles, puentes). Hoy es la primera vez que me toca un asiento en la ventana y volvió a tocarme sola. Ya aterrizamos. 

[Sábado 10.6.17 • ómnibus Chandigarh - Delhi]

No voy a escribir de India, no voy a escribir de India, no voy a escribir de India. Esto de estar atrasada con las crónicas del viaje hace que cada vez mezcle más todo. Pero prometo en esta entrada no escribir de India. Quiero redondear Japón y China (aunque ya está todo mezclado) porque me parece que India es todo otro tema, un capítulo aparte, y quiero terminar de vivir la experiencia para contarla. Voy a retomar lo que decía del avión y la ventanilla. Hasta ahora no me había tocado ventana, nunca. Hasta el último vuelo (por suerte), para sumarle una experiencia o un sentir a eso de tomar aviones. Esta vez sentía la misma adrenalina de los aterrizajes pero viendo toda Delhi iluminada, desde lejos. Las calles eran franjas amarillas y los autos fichitas de juego moviéndose arriba de esas franjas; y a medida que nos acercábamos al nivel cero, todo se iba agrandado, y tomando una escala humana, ya no tan de maqueta. Maravilloso fue también el atardecer desde el cielo. Nubes, nubes y más nubes, y el Sol. Es difícil concentrarse en Japón y China cuando estás TAN metido en el tráfico de India. Japón, China, tapabocas. Todos usan tapabocas, y los venden en los 7 Eleven que son los minimercados que plagan las ciudades. Dedican una góndola a los tapabocas, de todos los tipos y los tamaños. Los usan en la calle, en el metro, en el boliche.

[Sábado 17.6.17 • Estambul]


Perdón, pero se me hace imposible seguir escribiendo sobre Japón y China cuando estoy en Estambul y todavía no escribí nada de India. ¡Esto fue todo por ahora!