[Miércoles 10.5.17 • ruta a San Francisco]
Dos días
[Jueves 18.5.17 • vuelo a Tokio]
Todo lo que escribí en la ruta a San Francisco fueron esas dos palabras, así, sin puntos suspensivos, ni finales, ni nada. Por algo no pude seguir, y lo dejé así, como estaba. Tengo que admitir que como pasaron los días (8 para ser más exactos) y muchas cosas en el medio, tuve que agregarle algunas palabras al título de esta entrada. Ya no es sólo lo épico y lo bizarro, lo otro también. ¡Cómo pasa el tiempo! ¿Ya 18 de mayo? ¿Ya yéndonos a Japón? Camino al segundo país, después de una inmensidad de destinos y anécdotas. ¿Por dónde empiezo? ¿El choque? ¿El boliche gay en San Francisco? ¿El bar rockanrollero de Los Ángeles? ¿El hotel bizarro en Hollywood Boulevard? ¿El no sé cómo llamarle-streapclub a media cuadra del hotel? Y sí, son titulares pero creo que asustan un poco. Creo que voy a tratar de ordenar cronológicamente los hechos, aunque dudo que lo pueda hacer, conociendo mi GRAN habilidad para mezclar todo (hasta la comida, lo cual no tiene nada que ver). Igual no quiero que sea una enumeración de hechos bizarros y épicos, ni de cuentos de LAS noches, porque sí señores, AL FIN conocimos la noche. Por suerte este vuelo es largo y el avión bastante cómodo, así que voy a tener para entretenerme. Llegamos a Phoenix y la aridez del lugar casi nos tumba, pero hicimos ruta hasta el Gran Cañón, donde no extrañamos para nada el frío de Chicago. Menos, cuando nos dijeron que ya no tenían más carpas para alquilar. Genial, primera noche de camping, pero sin camping. Y la noche adentro del auto fue fría, e incómoda. Respirando nuestro propio dióxido de carbono. Creo que ni vale aclarar que casi ni dormimos, porque entre otras cosas había que despertarse a eso de las 5 am para ver el amanecer porque dicen que el amanecer en el Gran Cañón es una experiencia maravillosa, y no lo dudo, pero con la niebla que había no vimos nada. Por suerte más tarde salió UN rayo de sol, uno solo, y pudimos apreciar el regalo de la naturaleza. Pero a pesar de la ausencia de carpa, sobres de dormir y buen tiempo, nos la rebuscamos para tener el mejor recuerdo del Gran Cañón e hicimos un asado. Y qué bueno que estuvo. Nos sentíamos en Rocha, pero en el Gran Cañón. ¿Épico? ¡Obvio! Llovió, y la lluvia nos corrió antes de lo previsto para Las Vegas (se merece una entrada itself por lo épico y lo bizarro pero no la va a tener). Yendo a Las Vegas nevó, lo juro. Tuvimos que parar en la ruta a registrarlo fotográficamente porque no lo podíamos creer. Así que sí, la primavera más fría y rara de mi vida (hasta ahora). Al fin llegamos a Las Vegas, mal dormidos, mal comidos. Siesta, tal vez una de las mejores. Alarmas puestas para conocer LA noche de Las Vegas, donde todos íbamos a apostar unos dólares en algún casino, tomar alguna que otra bebida espirituosa y vivir realmente eso que te muestran en las películas. ¡Emoción! Pero nada de eso pasó. No sabemos si fue porque salimos tarde, porque estábamos cansados, porque no tenemos cientos de dólares para gastar en una noche o si porque todo lo que pasa en las películas no es real; pero la noche en Las Vegas nos pareció horrible, de hecho, no existió. Horrible, igual que la cuidad. Ya me habían advertido que era todo de plástico y cartón, pero igual necesitaba verlo. Y no me mintieron. Es una ciudad digna de mucho análisis, de todo tipo. Arquitectónicamente ya hay alguno que otro en la vuelta, quienes hayan estudiado Teoría II (es una materia de facultad, del plan viejo, no sé ahora cómo se llamará porque me cambiaron todo con el plan nuevo, pero no viene al caso) lo sabrán. Una ciudad hecha en el medio del desierto, dedicada al 'entretenimiento' y al consumo desmedido. Caminamos desde el hotel por el Strip hasta la otra punta y pasamos por París, Nueva York, Venecia, Egipto, Roma. ¿Épico? ¿Bizarro? ¡Triste! Los canales de Venecia adentro de un shopping con gondoleros 24/7, esperando a la resaca de la noche para pasearlos por una piscina adentro de un shopping adentro de un hotel. Real. Plástico. Ciudad acartonada. Este viaje es raro, porque pasás por Nueva York (la de verdad) y después pasás por Las Vegas, y ves una copia muy barata y poco digna del Empire State y del Chrysler. Te dan ganas de llorar, te sangran las córneas. Y a unas cuadras ves la Torre Eiffel y te preguntás ¿para qué voy a ir a París si ya conozco la Torre Eiffel? O la Fontana di Trevi (¿se escribe así?). Para los que no tengan el sentido del humor desarrollado, vuelvan a leer lo último, verán que claramente no existe punto de comparación entre lo real y su copia barata. Escaleras mecánicas en la calle, a cielo abierto; que te llevan a un shopping (otro shopping). Entrar al hotel por el casino a las 12 del mediodía y ver a la gente apostando y tomando y fumando y apostando y tomando y fumando y apostando y tomando y fumando. El olor a cigarro impregnado en el ambiente. Las luces de los tragamonedas. Las alfombras mullidas con colores y diseños estridentes, del siglo pasado, colocadas el siglo pasado. Pensar en la biodiversidad que debe haber abajo de esas alfombras y las pocas ganas de pisarlas, menos sin zapatos. La montaña rusa del hotel, sí, un parque de diversiones en el segundo piso de un hotel, atrapado por un muro-cortina fucsia con muy poco mantenimiento. Si quiero puedo seguir, porque como dije, es una ciudad que merece un profundo análisis. Una ciudad de mierda (pido las disculpas correspondientes por el vocabulario, pero han salido cosas peores de nuestras bocas). Nosotros somos estudiantes de arquitectura que fuimos de pasada , y ¡ojo!, no me arrepiento ni por un segundo de haber ido, porque necesitaba conocer la cuidad para poder criticarla con propiedad. Aparte, si no hubiera ido, no podría estar en este momento haciendo tal análisis crítico. Lo que no entiendo es a Las Vegas como destino turístico principal. ¿Cómo la gente lo elige para pasar una semana (o dos) de vacaciones. ¿Qué hay para hacer? ¿Piscina y casino? Prefiero un 5 estrellas en Montevideo. Y me ahorro el pasaje. Capaz estoy siendo un poco dura e intransigente con el pensamiento (la idea no es herir los sentimientos de nadie), pero no lo puedo entender, estuve menos de 24 hs y me alcanzó para saber que no quiero volver. Me quería ir, la ciudad me estaba echando. No me hallaba. Lo mejor de Las Vegas fue la cama del hotel y la cena y el desayuno en Denny's (es una cadena de restaurants de desayunos que está a lo largo y ancho del país, por lo que no es necesario ir a Las Vegas para disfrutar la experiencia). Qué raro todo, estoy sobrevolando el Pacífico, viajando al futuro, recorriendo un día y medio en doce horas. Creo que hoy sí (en realidad mañana, porque vamos a llegar a las 3 de la tarde del viernes) voy a conocer lo que es el jetlag. Hasta ahora era cansancio de viaje nomás. Pero después de varias discusiones de si viajamos al pasado o al futuro atravesando tantos husos horarios en sentido contrario, sé que me van a robar parte del día, que iré recuperando al acercarme nuevamente al occidente. El vuelo salió a las 11:30 (hora en Los Ángeles) del 18 de mayo. Ahora me aparece en el celular que son las 15:54 (supongo que en Los Ángeles) y después de (supuestamente porque nadie está cien por ciento seguro) 12 horas de vuelo (23:30 en Los Ángeles) estaríamos llegando a Tokio a las 15:30 aprox del viernes 19 de mayo. Me están fallando las cuentas, pero les juro que me están robando pila de horas. Y a todo esto, no quería dejar de mencionar que son las cuatro de la tarde (en alguna parte del mundo) y que adentro del avión parece que fueran las cuatro de la mañana. Afuera hay un sol precioso y me cerraron todas las ventanas y me apagaron las luces, casi obligándome a dormir, colaborando con el despiste de no saber ni en qué día ni en qué hora vivo. Pero, ¿por qué voy a dormir si para mí es de tarde? Anoche dormí, no 8 horas (igual nunca estamos durmiendo 8 horas), pero dormí, y hasta creo que fue suficiente para limpiar el alcohol consumido en la noche. Pero me apagan la luz y me cierran las ventanas como si fuera un ómnibus de larga distancia, de los que salen de noche. Esto fue un paréntesis para explicar un poquito lo que estoy sintiendo en este momento. Después de Las Vegas: San Francisco. Llegaron dos personas más. Nos cambió la dinámica, somos más, hay gente experimentando sus primeros días de viaje mientras que el resto ya vamos por el veintitantos. Más personas para conocernos y entendernos. Descubrí que hay gente que se emociona igual que yo al entrar a un museo. Y nos abrazamos de felicidad al ver tal o cual exposición. Y nos pasamos mil horas adentro del MoMa de San Francisco porque era lo que nos hacía felices en ese momento, y no nos importó si la consecuencia de pasar todas esas horas adentro del museo era perdernos gran parte de la ciudad, o no conocer el resto de las obras del centro. Fuimos felices con eso. Porque el viaje en sí es eso, ¿no?, hacer lo que te hace feliz, independientemente de que se llame 'Viaje de Arquitectura'. Ayer me hizo feliz un mate en la playa de California, y no me importó la cacería de obras de arquitectura. Me hizo feliz el burrito en el restaurant mexicano de Manhattan Beach, y se los recomiendo, Viking Burrito en El Sombrero (ya sé, es propaganda gratuita, sorry not sorry). ¿El trago amargo de San Francisco? El choque. No se asusten, no pasó nada. Fue un mal momento que nos hizo darnos cuenta que las cosas pasan por más que no querramos, que no las podemos evitar, y que pasan a pesar de que hagas todo bien, que el factor suerte también juega y esta vez no estuvo de nuestro lado. Fue feo, no la pasamos bien, sentimos el golpe del primer auto con el segundo, del segundo con el tercero, un grito de desespero, y sabíamos que si el de adelante nuestro no arrancaba rápido, el próximo golpe iba a ser el del tercer auto con el nuestro. Y el auto de adelante demoró, y escuchamos el golpe. Y el auto de adelante arrancó, y se ahorró el mal momento. Todo en segundos. Escuchamos todo y no sabíamos del todo qué estaba pasando. De dónde había venido el grito, qué le había pasado a esa persona. Los golpes fueron golpecitos, el grito fue de susto. No hubo heridos, nada. Pero bajamos del auto, hablamos con los conductores, se llamó al seguro, aparecieron los bomberos y los paramédicos preguntando por heridos y/o personas embarazadas (hasta el día de hoy no entendemos por qué), y al ver que estábamos todos bien, terminamos charlando de Uruguay y el viaje de arquitectura. Pero nos tranquilizó muchísimo que se quedaran con nosotras y nos ayudaran con la logística y los pasos a seguir ante tal situación en un país que no es el tuyo, donde por más que hables el idioma, no es el tuyo y con un auto alquilado (detalle no menor). Volvimos a casa y seguimos con el viaje, cada una a su manera, unas más afectadas que otras, pero con la experiencia en la mochila. Cancelamos la que iba a ser la primera noche de verdad y comimos fideos con tuco. Pero por suerte conocimos la noche de San Francisco, ¡por suerte! Me habían dicho que era la cuidad gay friendly por excelencia, y que había un barrio gay, pero nunca me dijeron que salir a un boliche gay con tres hombres heterosexuales en otro país iba a ser TAN divertido. Y eso que estuve a un minuto de no salir. Los tres chiquilines prontos para salir y yo dudando. Me cambié y 'arreglé' (en este viaje los aprontes para la noche se resumen en soltarse el pelo y pintarse los labios) en un abrir y cerrar de ojos y arrancamos para el barrio gay. Banderas del orgullo gay por todos lados, las cebras de la calle en vez de ser blancas, tienen los colores de la bandera (un espectáculo). Todo muy pintoresco. Entramos a Moby Dick (no el de Punta del Este) y eran CASI todos hombres y yo. Tomamos una cerveza y seguimos. Por suerte caímos en un boliche que si se los tengo que recomendar, no puedo, porque nunca supe cómo se llamaba, pero era a una cuadra del pub anterior (aproximadamente). De nuevo, casi todos hombres. Baño compartido, unisex, mingitorio adentro y afuera del cubículo, este último al lado de la pileta. Mindblowing. Beyoncé, Shakira, Britney, las Spice, Lady Gaga. Se notaba que éramos extranjeros, y puede que a ello se deba el éxito que tuvimos como grupo. Creo que fue una de las noches más divertidas de mi vida. Hablamos con todo el mundo, y les explicábamos que 'the four of us are straight but we came because we love you and we have so much fun'. Y ellos nos amaban a nosotros. Y hablábamos español. Y éramos los raros del boliche. Y fue hermoso. Y no me arrepiento ni un segundo de haberme cambiado como pedo para conocer la noche de San Francisco. Y le agarramos el gusto a la noche, o por lo menos yo. Me acabo de tomar un descanso de la escritura. Traté de ver una película, no me pude concentrar. Está largo este vuelo, cómodo, pero largo. Los uruguayos ya se despertaron, parece el ómnibus de ida a un campamento, nadie en su asiento, todos comiendo papitas, tomando cerveza, caminando de atrás a adelante, de adelante a atrás, la ansiedad, no saber qué nos espera (una vez más), pero está vez llegando a Japón. Japón. Todo diferente. Y se podría decir que me siento en Japón desde que salimos de Los Ángeles. Las explicaciones del vuelo, a diferencia de las veces anteriores que se hacían únicamente en inglés, ahora son en inglés y japonés. De más está decir que no entendemos nada y que todavía no estamos acostumbrados a los sonidos del idioma, por lo que resulta un poco molesto. Pero es cuestión de costumbre. O tal vez es la costumbre de entender un gran porcentaje de lo que dicen los altavoces en inglés, y el contraste con este idioma tan desconocido para nosotros. Somos aproximadamente 150 uruguayos (para mí somos menos) en este vuelo. Debe ser extraño para el resto de los pasajeros, no debe pasar todos los días que te tomes un avión para cruzar el Pacífico y que 150 jóvenes lo invadan, porque siento que estamos invadiendo este vuelo, el 169 con destino a Narita, Tokio. Todavía nos quedan como 2 horas, y por un lado quiero que pasen volando porque ya me siento presa en esta nave espacial, y por otro, quiero redondear todas estas ideas bizarras, épicas, los tragos amargos y los cuentos de las noches, porque nunca se sabe cuál va a ser el próximo momento de paz e inspiración. Aparte, me puedo adelantar y decir que Asia merece un capítulo aparte. Asia es futuro y es incierto. Ayer un grafitti en un baño de un bar me dijo que 'there is only now' y es verdad. Ahora, acá, conmigo, recordando el pasado cercano pero convirtiéndolo en presente mientras escribo. Creo haberlo mencionado antes, pero en estos momentos siento una adrenalina diferente, y no sé si tenga que ver con la experiencia del viaje, o con el simple hecho de escribir y transmitir. De contar desde la experiencia. El otro día mi padre leyó el blog y me dijo que era visceral, y es verdad, así lo siento, y así quiero que sea. Con lo bueno y lo malo, pero con la experiencia, las anécdotas, lo que me generan los lugares y los momentos, lo que no se ve. Eso, lo que no se ve. No se ve el choque, ni la sensación rara que me dejó Las Vegas, ni lo bien que la pasé en la noche de San Francisco. Las historias pulidas (un poco) pero contadas desde lo más adentro, desde las vísceras. Volviendo a la no-enumeración de hechos épicos, están las noches. Again, plural. Queríamos conocer la noche de Los Ángeles. Haciendo research en internet encontraron el Rainbow Bar and Grill. Vamos, comemos algo, tomamos algo y nos volvemos. No. Cuando nos estábamos por ir vimos que en el piso de arriba había un escenario. Subimos. Rock and Roll. Lunes. El lugar ya nos resultaba bizarro. Onda motoquero-rocanroll-extremo. Había un uruguayo trabajando. Resultó ser el único uruguayo seleccionado para el reality de Marte (para los que no tienen ni idea de lo que estoy hablando, googleen Mars One Uruguay, que con toda seguridad encuentren el video de Yuri postulándose. Real. Y épico. Todo es épico: el reality, que haya un uruguayo preseleccionado, que el uruguayo trabaje en un bar bizarrazo (para mí) y que un grupo de estudiantes de arquitectura termine hablando del reality con él. Épico fue que hubiera un actor porno en el bar y que todos los hombres lo conocieran. Bizarro el personaje, firmando autógrafos en el pecho de las mujeres, que nunca entendimos si eran las mozas o clientas del bar. Todo fue muy bizarro. La banda sueca de punk-rock. El baterista, padre de 7 hijos que nos halagaba y nos decía que él ahora que es maduro dice las cosas y si le parece que sos hermoso/hermosa te lo va a hacer saber (con mucho respeto). Y que su esposa estaría muy feliz de recibirnos en su casa cerca de Estocolmo cuando estemos por allá. El resto de la banda, bueno... entre todos no hacías uno. Darte cuenta que somos dos para volver y que no sabemos la intersección de las calles del hotel, ni tenemos el mapa de Los Ángeles descargado en el celular, ni internet para pedir un Uber. ¿Problema? ¡No! El último amigo que nos hicimos en la noche muy gentilmente nos ayudó para poder decirle al taxista a dónde tenía que llevarnos. A la noche siguiente nos dimos cuenta que a una cuadra y media del hotel teníamos un bar bastante decente, con bandas de rock en vivo y un público un poco multiloco. Nos acodamos a la barra. ¡Qué cara que es la noche en Estados Unidos! Entre 6 y 8 dólares la cerveza en un bar. Descubrimos el Jumbo, un streap-dance-club (llamale h) a media cuadra del hotel con entrada gratis. No podíamos no ir, había que sumar la experiencia. Allá fuimos... tres mujeres y dos hombres (yo esperando lo peor) y debo admitir que me sorprendió, no era nada muy diferente al programa de Marcelo Tinelli en la época del baile del caño. Todo bastante prolijo y cuidado. ¿Qué hacíamos ahí 5 uruguayos de championes? Nadie lo sabe, pero tomamos una cerveza y conocimos algo distinto (por lo menos para mí). Situación digna de análisis antropológico. El escenario, el baile, las chicas que bailaban de a una y juntaban la propina, el público (el acodado a la barra, el que tiraba billetes de a dólar en el escenario, la pareja de lesbianas que eran las más bondadosas con las propinas, y nosotros, el grupito de jóvenes extranjeros que fueron a chusmear). Y volvimos al bar de multilocos, ya éramos locales, y nos acodamos en la barra, del mismo lado que la noche anterior. ¿Otro trago amargo? El parto para llegar al aeropuerto, para encontrar la rentadora de autos, no saber cuánto tiempo nos podía llevar el trámite del choque (habrán sido no más de dos minutos reloj), la autopista trancada, los mil carriles, la rush hour, no encontrar el car pool lane, estrés colectivo, el no llegamos. Y llegamos, en hora, y hasta temprano, y lo del auto fue un minuto y el transfer nos estaba esperando y todo el estrés no tuvo sentido, pero lo vivimos. Aprendizaje, dicen. Pero está todo a flor de piel, y ante una situación de estrés, enloquecemos. En resumen esto fue lo épico, lo bizarro, lo amargo y la noche. Como vi el otro día en un cartel en la calle promocionando al hotel (creo que es un hotel) The Cosmopolitan, 'the right amount of wrong'.
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